¿20 años de desarrollo sostenible? (artículo opinión DV 2012-06-20) Por Xabier Ezeizabarrena (miembro de las JJGG de Gipuzkoa por EAJ-PNV)

La sostenibilidad, como la naturaleza y los ecosistemas, necesita su propio tiempo. Un tiempo que no puede desligarse de la economía ni de la sociedad y sus necesidades básicas. La política, por contra, discurre por otros derroteros diferentes, especialmente en los plazos. Así, mientras el nivel de concienciación social sobre la sostenibilidad no ha dejado de crecer en las últimas décadas, no podemos decir lo mismo de muchas acciones y políticas en este 20 aniversario desde la Cumbre de Río de Janeiro de1992. El paradigma del Desarrollo Sostenible se enfrenta a dificultades de distinta naturaleza. Además, partimos de parámetros muy diversos e igualmente complejos dependiendo de las diferentes realidades políticas, geográficas, sociales y culturales. Mientras el mundo occidental tiene parcialmente garantizadas condiciones mínimas de dignidad, África, Suramérica y buena parte de Asia sobreviven en circunstancias muy difíciles y con índices de pobreza extrema ajenos a la dignidad del ser humano.

La economía se ha mostrado como una ‘ciencia’ flexible cuando no maleable para explicar sus datos macroeconómicos. Casi todo lo que no resulte mesurable en términos de crecimiento cuantitativo o Producto Interior Bruto acaba por no existir. Este fenómeno es visible en nosotros, en nuestras familias y en los propios niños tan pronto como asumen la propiedad de las cosas como algo real. Así, asumimos con naturalidad la necesidad de tener, poseer, disfrutar privadamente de cosas y objetos por el mero instinto o goce de ser titulares de cosas y bienes. En algunas ocasiones, por evidente necesidad. En otras muchas, sin necesidad alguna. Más bien como necesidades artificialmente creadas que satisfacen nuestra aparente necesidad biológica de acumular bienes sin mayor valor cualitativo. Un consumo meramente cuantitativo, sin mayor valor añadido que la adquisición de bienes y servicios de manera indiscriminada, no aporta más que la puesta en circulación de flujos de capital, bienes y servicios cuya aportación al bienestar de una sociedad es una mera hipótesis. En una palabra, consumir por el mero ‘placer’ de consumir es una conducta más bien pueril que no reporta bienestar alguno si no se le otorga al consumo algún valor que satisfaga nuestras necesidades.

El Desarrollo Sostenible tiene unos parámetros teóricos bastante claros y definidos, especialmente desde 1992. De dicho plano a la práctica de la sostenibilidad el trecho pendiente sigue siendo muy amplio en la totalidad de materias que afectan al medio ambiente. La economía, hasta ahora, no ha internalizado en sus costes el valor, o el ahorro real que supone la opción por una determinada política frente a otra con mayores impactos ambientales. Mientras esto no ocurra, el reto es más difícil si cabe.

El medio ambiente, se enfrenta con otra dificultad derivada de nuestros sistemas políticos y jurídicos. Éstos se desarrollan y planifican a través de los límites que la soberanía de los Estados ha dibujado en territorios, propiedades de bienes; recursos naturales que se encuentran en la naturaleza, pero que el Derecho hace pertenecer a alguien o, en nuestro caso, califica como bienes de dominio público. Por tanto, mientras la naturaleza y sus recursos responden al caprichoso pero sabio devenir de la ecología, ni la política ni el Derecho se basan en dicha lógica. Y así establecemos regímenes de protección de cauces o de niveles de caudal ecológico de un río según su ubicación geográfica y su pertenencia política, sin reparar en que dicha protección pueda ser diferente unos metros más allá, cuando el cauce fluvial discurre por otro Estado con un régimen de protección diferente o, en su caso, sin nivel de protección. Tanto o más para los océanos, las pesquerías, la biodiversidad o la atmósfera. La realidad nos demuestra que la naturaleza y sus recursos difícilmente se van a adaptar a la política y al Derecho; más bien al contrario, son la propia política y el Derecho quienes deberían aprender de la naturaleza y sus recursos para adoptar regímenes de protección que no desconozcan la realidad física del medio.

En conclusión, el mundo globalizado debe enfrentarse a diversas dificultades para analizar la realidad de la sostenibilidad y las necesidades para su logro. Y las dificultades están entrelazadas de manera compleja. La ecología tiene sus reglas: unas reglas de armonía ajenas a límites y fronteras. La economía carece de reglas. Más bien sustenta su propio análisis diario en la ‘necesidad’ de crecimiento cuantitativo.

Ambas tienen en común la práctica inexistencia de límites reales a su desarrollo. Sin embargo, la naturaleza se reorganiza, se revitaliza, se compensa, mientras la economía, al contrario, se desorganiza o se desata hasta límites irreconciliables con la dignidad de las personas. Todo lo anterior debe armonizarse en busca del bienestar y de la redistribución de la riqueza hacia los más desfavorecidos. La sociedad sí tiene reglas; unas reglas muy distintas a las de la ecología o la economía, y proyectadas sobre personas, naciones y Estados en base a principios de soberanía y Derecho coercitivo. Así, la necesaria armonía entre ecología, economía y sociedad es el gran reto de nuestro tiempo.

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